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Abstract
His article addresses, from a conciliatory perspective, Hayden White's metahistorical proposal, in order to know the implications of thinking about a poetics of historiographical narrative, since the poetic is generally conceived as something diametrically opposed to historical reason. Emphasis is then made that, beyond considering the aesthetic aspect, White's proposal transcends the plane to the deep articulation of the historiographical story, revealing a dimension of the historian's work that closely complements the research work with the work of writing. (just as a disk requires both sides to be such).
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I. INTRODUCTION
En este artículo se abordarán las repercusiones que tendría el hecho de tomar en cuenta la teoría tropológica desarrollada por Hayden White en su ya clásico libro Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, como parte de un marco epistemológico que permita fundamentar una póética de la historia. Con White, se aterriza definitivamente en el texto historiográfico y se comienzan a hacer cuestionamientos que parten exclusivamente de su estudio. Él presenta, al parecer, el esquema más acabado mediante el cual puede establecerse un análisis meta-estructural del texto historiográfico.
White hace un análisis exclusivo del texto historiográfico (y no de la conformación discursiva en general, como hace Michel Foucault en la Arqueología del saber), partiendo además del punto que parece más lógico cuando se trata del acto de escribir: su aspecto literario. Pero pronto el lector podrá notar que la propuesta de White, lejos de seguir el camino de la comparación estética y su relación con la verdad, transcurre más bien por el de la creación (poiesis) a niveles estructurales, argumentativos y explicativos profundos (metahistóricos, como él dice).
II. PRECISION SOBRE LA POÉTICA
Aun el viejo Nietzsche, con todo el peso de su crítica al desarrollo excesivo de la historia, cuyas consecuencias considera perjudiciales para la vida, reconoce que "...mientras el pasado tenga que ser descrito como digno de imitación, como imitable y posible por segunda vez, incurre, ciertamente, en el peligro de ser distorsionado, de ser embellecido, y se acerca así a la pura invención poética" (Nietzsche, s/f: 11), dejando claramente la idea, en primer lugar, de que el discurso historiográfico no puede ser embellecido porque entonces sería distorsionado (pues el uso de ambos términos resulta en este contexto casi sinónimo), y en segundo lugar, de que tal distorsión trae consecuentemente la generación de un texto inventado.
Es cierto que el filósofo alemán, por obvias razones, no conoció las ideas constituyentes del giro lingüístico vivido por la filosofía durante el siglo XX, una de las cuales reside en no pensar lo poético exclusivamente en términos estéticos, pero también es cierto que pese a su crítica a la modernidad, Nietzsche no escapa en muchos sentidos a la lógica del pensamiento moderno. En un siglo en el que la historia comienza a constituirse como una disciplina que busca lograr un nivel de formalidad científico, aún él reconoce que no puede apartarse de cierto canon que le permitirá ser reconocida como un discurso apegado a la verdad. Una forma de romper ese canon es dejar que la poética, entendida como embellecimiento del lenguaje, se introduzca en la historiografía, pues entonces no se estaría leyendo historia 'verdadera' sino ficción.
El mismo pensamiento sigue predominando entre los historiadores en la actualidad: que la poética es necesariamente un asunto estético y que lo estético distorsiona la verdad. A la mayoría de ellos la obra de Hayden White no ha sido de su agrado, y les parece que hablar de la poética de la historia es relacionar dos términos irremediablemente incompatibles, pues o se habla de verdad o se habla de invención; y los pocos que aceptan su teoría se entretienen definiendo las fronteras entre la historia y la literatura, así como las relaciones y posibles interdependencias entre ambos campos, pues no escapan a la idea de que poético es igual a estético.
Para tomar en cuenta la propuesta tropológica de White como un posible campo de estudio de la generación de la escritura de la historia, contrario a las posturas anteriores, en primer lugar es necesario tener bien claro que en su utilización del término poético hace referencia a un contenido de estructuración profunda del discurso histórico, de un mecanismo que hace posible que el discurso se configure y logre cohesión. Se habla entonces de una posibilidad de estructuración y no necesariamente de una cualidad estética. Esto se aprecia muy claramente en la siguiente definición de White:
Considero la obra histórica como lo que más visiblemente es: una estructura verbal en forma de discurso en prosa narrativa. Las historias (y también las filosofías de la historia) combinan cierta cantidad de "datos", conceptos teóricos para explicar "esos" datos, y una estructura narrativa para presentarlos como la representación de conjuntos de acontecimientos que supuestamente ocurrieron en tiempos pasados. Yo sostengo que además tienen un contenido estructural profundo que es en general de naturaleza poética, y lingüística de manera específica, y que sirve como paradigma precríticamente aceptado de lo que debe ser una interpretación de especie "histórica". Este paradigma funciona como elemento "metahistórico" en todas las obras históricas de alcance mayor que la monografía o el informe de archivo (White, 1992: 9).
Es importante resaltar dos puntos de esta definición, el primero de los cuales no tiene tanto que ver con alguno de sus elementos sino con la concepción que le precede y la crea: White desarrolla esta definición atendiendo al mero aspecto escritural de la investigación histórica, al texto resultante de la labor de pesquisa y no a ésta. Esto significa que su atención está centrada exclusivamente en la dimensión de la escritura, sin que por ello se invalide el trabajo de investigación previo, el cual no es atendido por él. De ahí que en la definición se hable de una obra histórica como estructura verbal y no como una investigación documental, y también de ahí emana el hecho de que toda la argumentación posterior de White atienda a este precepto. La poética en la historia es un asunto de estructuración verbal, no un problema de investigación histórica (aunque más adelante se verán algunas implicaciones teóricas respecto a la relación de lo que es poético y lo que es verdadero).
El segundo punto resaltable forma parte constituyente de la definición; se trata de la afirmación de que ese contenido estructural profundo de la estructura verbal llamada historia sirve como paradigma pre-críticamente aceptado de lo que debe ser una interpretación de especie histórica. Es digna de distinguirse porque de alguna manera apunta a la consideración de un campo extra poético: la convención social e institucional, (posiblemente arqueológico-subjetiva si se retoma la idea de la generación de una arqueología del sujeto, hecha en otro capítulo de este trabajo) que hace posible que un texto sea reconocido dentro de un canon académico (camino que nos acerca a Foucault y a De Certeau). En otras palabras, la función de ese contenido profundo de carácter poético sería la de volver reconocible a un texto como una interpretación de carácter histórico, cosa que no se resuelve en el texto mismo sino en la comunidad de sujetos que sanciona lo que debe ser reconocido como una obra historiográfica, es decir, este contenido se erige en un paradigma determinado. Por esto White dice que este paradigma funciona como un elemento metahistórico; es un elemento constitutivo del texto pero resuelto fuera de él.
El modelo poético desarrollado por White parte de distinguir tres tipos de estrategias que el historiador utiliza para obtener distintos tipos de efecto explicatorio. El primer tipo estratégico atiende a la explicación por la trama y está compuesto por los arquetipos romance, comedia, tragedia y sátira; el segundo tipo estratégico constituye la explicación por argumentación formal y dentro de esa se encuentran los modos explicatorios formista, organicista, mecanicista y contextualista; el tercero constituye la explicación por implicación ideológica, compuesto por las tácticas anarquista, conservadurista, radicalista y liberalista.
Una combinación específica de los modos anteriores forma, según White, un estilo historiográfico (White, 1992: 9).
Pero la aparición de un estilo historiográfico específico tiene su origen en un nivel profundo de conciencia, en el cual el historiador «realiza un acto esencialmente poético, en el cual prefigura el campo histórico y lo constituye como un dominio sobre el cual aplicar las teorías específicas que utilizará para explicar "lo que en realidad estaba sucediendo" en él. Este acto de prefiguración a su vez puede adoptar una serie de formas, cuyos tipos pueden caracterizarse por los modos lingüísticos en que se presentan» (White, 1992:10). Tales tipos de prefiguración son llamados por White por los nombres de los cuatro tropos del lenguaje poético: metáfora, metonimia, sinécdoque e ironía.
III. LA EXPLICACIÓN POR LA TRAMA
La explicación por la trama, según palabras del propio White, es la que «...da el "significado" de un relato mediante la identificación del tipo de relato que se ha narrado. Si en el curso de la narración de su relato el historiador le da la estructura de trama de una tragedia, lo ha explicado de una manera; si lo ha estructurado como comedia, lo ha explicado de otra. El tramado es la manera en que una secuencia de sucesos organizada en un relato se revela de manera gradual como un relato de cierto tipo particular» (White, 1992: 18).
Los relatos entonces adquieren una significación no sólo por el hecho de enlazar sucesos temporalmente (lo que sería una narración en sentido estricto) sino también por el sentido que esa narración puede tener de acuerdo a la estructura empleada para encadenar tales hechos. No existiría entonces una sola forma de encadenamiento causal, sino diferentes modelos arquetípicos: el romance, la comedia, la tragedia y la sátira. Es más, puede decirse que una cosa es enlazar hechos en sucesión temporal y otra, de un nivel de complejidad mayor si se quiere, es enlazar esos hechos en sucesión temporal, añadiendo un criterio formal que otorgue a dicha sucesión la transmisión de la idea de que lo narrado puede ser apreciado desde una perspectiva determinada; en otras palabras, que no permite que lo dicho sea neutral.
La forma arquetípica del romance, continuando con la exposición de White, «es fundamentalmente un drama de autoidentificación simbolizado por la trascendencia del héroe del mundo de la experiencia, su victoria sobre éste y su liberación final de ese mundo [...] Es un drama del triunfo del bien sobre el mal, de la virtud sobre el vicio, de la luz sobre las tinieblas, y de la trascendencia última del hombre sobre el mundo en que fue aprisionado por la Caída» (White, 1992: 19).
La sátira constituye el arquetipo antagónico: «es un drama de desgarramiento, un drama dominado por el temor de que finalmente el hombre sea el prisionero del mundo antes que su amo, y por el reconocimiento de que, en último análisis, la conciencia y la voluntad humanas son siempre inadecuadas para la tarea de derrotar definitivamente la fuerza oscura de la muerte, que es el enemigo irreconciliable del hombre» (White, 1992: 19-20).
La comedia y la tragedia comparten «la posibilidad de una liberación al menos parcial de la condición de la caída y un escape siquiera provisional del estado dividido en que los hombres se encuentran en este mundo» (White, 1992: 20), pero se distinguen en que en la primera «se mantiene la esperanza de un triunfo provisional del hombre sobre su mundo por medio de la perspectiva de ocasionales reconciliaciones de las fuerzas en juego en los mundos social y natural», mientras que en la segunda «la caída del protagonista y la conmoción del mundo en que habita [...] no son vistas como totalmente amenazantes para quienes sobreviven a la prueba agónica [pues para ellos] ha habido una ganancia de conciencia [...] que consiste en la epifanía de la ley que gobierna la existencia humana, provocada por los esfuerzos del protagonista contra el mundo» (White, 1992: 20).
Tanto en la comedia como en la tragedia hay reconciliaciones de elementos en apariencia contrarios, pero mientras en la comedia esta reconciliación aparece como finalmente armónica, en la tragedia aparece bajo la forma de una resignación de los hombres a las condiciones en que deben vivir en el mundo: «la primera desemboca en una visión de la reconciliación final de fuerzas opuestas y la segunda en una revelación de la naturaleza de las fuerzas que se oponen al hombre» (White, 1992: 21).
Para White, la tragedia y la sátira son modos de tramar empleados por los historiadores que perciben en los hechos «una persistente estructura de relaciones o un eterno retorno de lo mismo en lo diferente», mientras que el romance y la comedia son empleados por quienes «acentúan la aparición de nuevas fuerzas o condiciones a partir de procesos que a primera vista parecen ser inmutables en su esencia o cambiar apenas en sus formas fenoménicas» (White, 1992: 21).
Prácticamente, toda historia de bronce u oficialista puede ser leída mediante estos arquetipos; la historia mexicana, por ejemplo, está plena de personajes románticos y trágicos a la vez (decir héroe de hecho implica los arquetipos mencionados): el estoico Cuauhtémoc, el rebelde Hidalgo, el patriota Juárez, el popular Zapata, el justiciero Cárdenas. El episodio de la derrota de los antiguos pueblos indígenas es una clara tragedia, la victoria de los liberales juaristas ante el imperio de Maximiliano es un romance, y así sucesivamente. Los arquetipos de tramado en las historias de bronce se perciben hasta estéticamente.
Pero no es lo mismo aplicar la propuesta de White a la historia de bronce, tan transparente en ese sentido (y quizás, por lo mismo, tan fácilmente narrable), que a la que busca generar una explicación de los hechos más comprometida con el saber, misma que evita caer en la seducción del relato para no perder credibilidad (cosa que de hecho ya constituye una ironía, pues esa credibilidad está sostenida por un reducido grupo de especialistas mientras que la mayor parte de la población cree en los relatos oficialistas y difícilmente acepta posturas críticas frente a ello). En esa historiografía académica nuevamente habrá que recordar la naturaleza estructural de la propuesta de White para entender cómo en una obra aparentemente no literaria pueden encontrarse elementos con ese carácter. Lo trágico y lo satírico en una obra historiográfica determinada no se encontrará en su grado estético sino en la percepción, a nivel explicativo, de que a pesar del devenir temporal las cosas no pueden abandonar ciertas normas, o posibilidades sociales y naturales, que circunscriben la acción del hombre y que, por tanto, no le permiten trascender su mundo. Al contrario, lo cómico y lo romántico, desde el mismo nivel explicativo, generan explicaciones en las que es posible hablar del surgimiento de nuevas condiciones y reglas que transforman al mundo, transformación y en la que el ser humano es un agente importante.
Para ejemplificar, podría decirse que los historiadores que privilegian el contexto social sobre la acción individual de ciertos personajes (como Fernand Braudel y su Mediterráneo), enarbolan una explicación trágica o satírica, mientras que aquellos que privilegian la acción individual y creadora sobre el contexto (como
Carlyle, y una buena parte de los biógrafos), ofrecen una explicación romántica o cómica.
Así, cuando se hace referencia al modo de explicación por la trama no se hace alusión a que el texto del historiador adopte una forma trágica o cómica, satírica o romántica, sino a que el tipo de explicación que el autor hace es del carácter de cualquiera de cada uno de esos arquetipos. No debe esperarse, por ejemplo, abrir el Mediterráneo de Braudel y encontrar una obra lacrimosa, sino la percepción explicativa trágica de que el hombre desarrolla su creatividad dentro del marco que su medio geográfico le proporciona y al cual no puede trascender.
La adopción de una explicación por la trama forma parte, a final de cuentas, de la percepción que cada individuo tiene del universo, pero no es el único componente dentro de esta visión; existen los otros sistemas de explicación: por argumentación formal y por implicación ideológica.
IV. LA EXPLICACIÓN POR ARGUMENTACIÓN FORMAL
White dice que mientras que la explicación por la trama ayuda al historiador a dar cuenta "de lo que sucedió", la explicación por argumentación formal proporciona la respuesta al "sentido de todo eso". Se trata de una operación en la que se ofrece una explicación de lo que ocurre en el relato invocando principios de combinación que sirven como presuntas leyes de explicación histórica:
En este nivel de conceptualización, el historiador explica los hechos del relato [...] por medio de la construcción de una argumentación nomológico-deductiva. Esa argumentación puede analizarse como un silogismo, cuya premisa mayor consiste en alguna ley supuestamente universal de relaciones causales, la menor en las condiciones límite en que esa ley es aplicable, y una conclusión en que los hechos que efectivamente ocurrieron se deducen de las premisas por necesidad lógica (White, 1992:22).
La generación de explicaciones nomológico-deductivas causales hace que se deba distinguir a los hechos de una historia como elementos de un relato, por un lado, y como «elementos de una matriz de relaciones causales que se presume que existieron en provincias específicas del tiempo y el espacio» (White, 1992: 23). Esta distinción hace admitir a White la existencia de elementos relacionados directamente con la labor investigativa del historiador, de manera que no todo en el texto es puramente poético. Sin embargo, la presencia de tales unidades no garantiza la científicidad de la historia, en la medida en que no existe acuerdo entre los historiadores respecto a cuáles son las leyes de causalidad social que se podrían invocar para explicar una determinada secuencia de sucesos, por lo que, en todo caso, la historia tiene una naturaleza no científica sino proto científica.
Dentro de la explicación por la argumentación formal, White sigue a Stephen C. Pepper al proponer cuatro modos explicatorios:
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Formista. Este modo se distingue por tener como objetivo la descripción de la variedad, el color y la viveza del campo histórico. Se tiende a hacer generalizaciones sobre la naturaleza del proceso histórico en su conjunto, pero la unicidad de los diferentes agentes, agencias y actos que forman los hechos a explicar es central para la investigación. Es dispersivo antes que integrativo. Sus generalizaciones son débiles y tratan de compensarse con la vida de sus reconstrucciones de agentes, agencias y actos particulares.
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Organicista. Es un modo integrativo. Intenta describir los particulares discernidos en el campo histórico como componentes de procesos sintéticos. Se tiende a ver las entidades individuales como componentes de procesos que se resumen en totalidades que son mayores que, o cualitativamente diferentes de, la suma de sus partes.
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Mecanicista. También es un modo integrativo, pero tiende a ser reductivo antes que sintético. Hay inclinación por ver los actos de los agentes que habitan el campo histórico como manifestaciones de agencias extra históricas que tienen su origen en el escenario donde se desarrolla la acción. Gira en torno a la búsqueda de leyes causales que determinan los desenlaces de procesos descubiertos en el campo histórico.
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Contextualista. Presupone que los acontecimientos pueden ser explicados colocándolos en el contexto de su ocurrencia. Ésta se explicará por la revelación de las relaciones específicas que tenían con otros sucesos que sucedían en su espacio histórico circundante.
Para White, si bien los cuatro modelos explicativos pueden ser utilizados en una obra histórica para suministrar una argumentación formal, los historiadores académicos se inclinan por los modelos formista y contextualista como formas "más ortodoxas" de trabajar, mientras que los tipos organicista y mecanicista suelen ser identificados como más propios de la filosofía de la historia. Esta preferencia no se la explica White más que surgida de consideraciones extra epistemológicas «Porque, dada la naturaleza proto científica de los estudios históricos, no hay bases epistemológicas apodícticas para la preferencia de un modo de explicación a otro» (White, 1992: 30).
White atribuye esa preferencia extra epistemológica a un componente ideológico irreducible en toda descripción histórica de la realidad:
...simplemente porque la historia no es una ciencia, o es en el mejor de los casos una protociencia con elementos no científicos específicamente determinables en su constitución, la pretensión misma de haber discernido algún tipo de coherencia formal en el registro histórico trae consigo teorías de la naturaleza del mundo histórico y del propio conocimiento histórico que tienen implicaciones ideológicas para intentos de entender "el presente", como quiera que se defina ese "presente". Para decirlo de otro modo, la afirmación misma de haber distinguido un mundo de pensamiento y praxis social pasado de uno presente, y de haber determinado la coherencia formal de ese mundo pasado, implica una concepción de la forma que debe adoptar también el conocimiento del mundo presente, en cuanto es continuo con ese mundo pasado (White, 1992: 31).
De esto deriva que se cuente, además de las formas de explicación antes mencionadas, una tercera que atiende a cuestiones de carácter ideológico.
V. EXPLICACIÓN POR IMPLICACIÓN IDEOLÓGICA
Los textos historiográficos cuentan con un componente ideológico, es decir, el elemento ético en la asunción por el historiador de una posición particular sobre el problema de la naturaleza del conocimiento histórico y las implicaciones que pueden derivarse del estudio de acontecimientos pasados para la comprensión de los hechos presentes.
White define ideología como un conjunto de prescripciones para tomar posición en el mundo presente de la praxis social y actuar sobre él (ya sea para cambiar el mundo o para mantenerlo en su estado actual) (White, 1992: 32). Propone entonces, siguiendo a Karl Mannheim, cuatro posiciones ideológicas básicas: anarquismo, conservadurismo, radicalismo y liberalismo. «Las cuatro representan sistemas de valores que afirman una autoridad de la razón, la ciencia o el realismo, representan diferentes actitudes con respecto a la posibilidad de reducir el estudio de la sociedad a una ciencia y la deseabilidad de hacerlo; diferentes nociones de las lecciones que pueden enseñar las ciencias humanas; diferentes concepciones de la deseabilidad de mantener o cambiar el statu quo social; diferentes concepciones de la dirección que deben tomar los cambios en el statu quo y de los medios para efectuar tales cambios; y, finalmente, diferentes orientaciones temporales (una orientación hacia el pasado, el presente o el futuro como repositorio de un paradigma de la forma ideal de la sociedad) [...] Con respecto al problema del cambio social, las cuatro [posiciones ideológicas] reconocen su inevitabilidad, pero presentan opiniones diferentes sobre su deseabilidad y sobre el ritmo de cambio óptimo» (White, 1992: 33-34).
No es fácil hacer una diferenciación plena de estas corrientes ideológicas en la medida en que comparten algunas consideraciones conceptuales mientras que en otras son diametralmente opuestas. El cuadro de la página siguiente trata de clarificar la postura de cada una de estas posiciones de acuerdo a los temas en los que se ven involucrados.
| Postura ideológica | Cambio social | Ritmo del cambio social | Orientación temporal respecto a la utopía | Forma de evolución histórica | Forma que debe adoptar el conocimiento histórico |
| Conservadores | Consideran el cambio social como un fenómeno de gradaciones lentas de tipo vegetal. Coincide con el liberalismo en que es más deseable un cambio de elementos particulares que de la totalidad estructural. | Insisten en un ritmo "natural" de la sociedad en su conjunto. | Tienden a imaginar la evolución histórica como una elaboración de la estructura institucional que prevalece actualmente. | El "progreso" histórico es interpretado de distinta manera por cada postura. Lo que es "progreso" para una es "decadencia" para otra. La época presente tiene una posición diferente, como cenit o nadir del desarrollo, dependiendo oo del grado de alienación de cada ideología determinada. | Su conocimiento distintivamente histórico requiere una fe en la "intuición" como base sobre la cual es posible construir una presunta "ciencia" de la historia. Tiende a ofrecer una visión organicista. |
| Liberales | Ven el cambio social como ajustes o "afinaciones" de un mecanismo. | Favorecen el ritmo "social" de los debates parlamentarios u otros procesos democráticos. | Imaginan un momento en el futuro en que la estructura actual sea mejorada, pero se trata de un futuro remoto, por lo que actúan sin precipitación. | Es posible estudiar la historia "racional" y "científicamente". Busca las tendencias generales o las corrientes principales de desarrollo. | |
| Radicales | Creen en la necesidad de transformaciones estructurales, los radicales para construir la sociedad sobre nuevasbases, y los anarquistas para abolir la sociedad y sustituirla por una comunidad. | Ambos contemplan la posibilidad de transformaciones cataclísmicas, pero los radicales ponen másatención que los anarquistas a los medios para realizar los cambios. | Imaginan la condición utópica como inminente, por lo que se preocupan por proveer los mediosrevolucionarios para realizar esa utopía ahora. | Es posible estudiar la historia "racional" y "científicamente". Buscan las leyes de las estructuras y los procesos históricos. | |
| Anarquistas | Tienden a idealizar un pasado remoto de inocencia natural-hum ana del cual se ha pasado a un estado social corrupto. Para ellos la utopía puede darse en cualquier momento. | Su conocimiento distintivamente histórico requiere una fe en la "intuición" como base sobre la cual es posible construir una presunta "ciencia" de la historia. Tiende a ofrecer una visión romanticista. |
Para White no es posible decir que una postura ideológica determinada es más adecuada que otra porque, como todas ellas se fundamentan en consideraciones éticas, «la adopción de una determinada posición epistemológica por la cual juzgar su adecuación cognoscitiva no representaría más que otra elección ética» (White, 1992: 36). Lo importante para el análisis poético del texto historiográfico radica en admitir que de una combinación determinada de formas de tramar y de argumentar pueden derivarse afirmaciones prescriptivas, trascendiendo así el nivel de lo descriptivo y de lo analítico.
Puede añadirse a la propuesta de White el hecho de que es posible lograr una identificación de la postura ideológica de un texto historiográfico, identificando el objeto de estudio de la investigación histórica una vez que éste se convierte en protagonista de una narración histórica. Así, la elección misma de sujetos individuales o colectivos, o de ciertos procesos institucionales, pueden generar una perspectiva ideológica desde la cual la historia es expuesta al receptor del mensaje: regularmente el estudio de las élites o de los personajes de élite concuerdan con una visión conservadora o liberal mientras que los tratados acerca de las masas populares o de algún integrante de ellas generan enfoques de carácter radical o anarquista. Claro que esto constituye un elemento que no debe tomarse como un indicador exclusivo sino ser acompañado con las premisas contempladas en el cuadro anterior.
Los estilos historiográficos y los cuatro tipos tropológicos de prefiguración.
Como ya se mencionó al inicio de este capítulo, una determinada combinación de los tres niveles explicativos (por la trama, por argumentación formal y por implicación ideológica) genera un estilo historiográfico. White señala que los tres niveles no pueden combinarse de manera indiscriminada, pero también señala que en casos determinados se pueden producir excepciones.
Las combinaciones propuestas por él aparecen en la siguiente tabla.
| Modo de tramar | Modo de argumentación | Modo de implicación ideológica |
| Romántico | Formista | Anarquista |
| Trágico | Mecanicista | Radical |
| Cómico | Organicista | Conservador |
| Satírico | Contextualista | Liberal |
La aparición de un determinado estilo historiográfico tiene su origen, como también se dijo páginas arriba, en un nivel profundo de conciencia en el que el historiador realiza un acto de prefiguración, de carácter poético, mediante el cual modela el campo histórico como objeto de percepción mental, proceso en el que se distinguen figuras discernibles susceptibles de ser clasificadas como distintos órdenes, clases, géneros y especies de fenómenos. Dichas figuras presentan cierto tipo de relaciones entre ellas «cuyas transformaciones constituirán los "problemas" a resolver por las "explicaciones" ofrecidas en los niveles del tramado y la argumentación en la narración» (White, 1992:39).
Sólo en virtud de lo anterior (de la generación de un protocolo lingüístico preconceptual, dice White) el historiador puede establecer la interpretación de lo que significa cualquier configuración de elementos o transformación de sus relaciones, y generar una representación narrativa de ello. El protocolo lingüístico preconceptual puede caracterizarse mediante el modo tropológico dominante en que está expresado. En otras palabras: «En el acto poético que precede al análisis formal del campo, el historiador a la vez crea el objeto de su análisis y predetermina la modalidad de las estrategias conceptuales que usará para explicarlo» (White, 1992: 40).
Según White, esas estrategias explicatorias no se presentan en número infinito sino sólo en cuatro tipos principales, expresados cada uno por los cuatro tropos del lenguaje poético: la metáfora, la metonimia, la sinécdoque y la ironía. Dichos tropos son «especialmente útiles para comprender las operaciones por las cuales los contenidos de la experiencia que se resisten a la descripción en prosa clara y racional pueden ser captados en forma prefigurativa y preparados para la aprehensión consciente» (White, 1992: 43).
La metáfora es de carácter esencialmente representativo, en ella se caracterizan los fenómenos en términos de semejanza o diferencia respecto a otros. La metonimia es reduccionista, pues sustituye con el nombre de una parte del todo la expresión de ese todo. La sinécdoque es integrativa, en ella un fenómeno puede ser caracterizado utilizando una parte para simbolizar una cualidad específica. Finalmente, la ironía, de carácter negativo, caracteriza entidades negando en el nivel figurativo lo que se afirma positivamente en el nivel literal.
Ventajas, incertidumbres y problemas en la teoría metahistórica de White.
Se ha creído necesario hacer una descripción de los elementos centrales de la propuesta metahistórica de White principalmente para poner sobre la mesa los supuestos sobre los cuales se estructura e iniciar entonces un análisis que permita decidir sobre la pertinencia de tomarla en cuenta como una perspectiva viable para el estudio de la escritura de la Historia, evitando en lo posible ciertos vicios que generan interpretaciones poco cuidadosas que desvirtúan dicha propuesta.
De esta forma, habrá que señalar en primer lugar aquellos elementos que pueden ser vistos como aciertos de la teoría metahistórica. El primero de ellos radica en el reconocimiento del carácter poético de los escritos historiográficos, pues constituye un manifiesto claro de la intervención de la creatividad en el acto de representar lo estudiado, que a su vez manifiesta la intervención subjetiva de quien estudia y escribe. El vicio al que se debe estar alerta en este punto consiste en entender por subjetividad la imposibilidad de dar cuenta del mundo (y de los sucesos del pasado concretamente) de manera veraz. En cambio, la subjetividad habría de concebirse como la posibilidad que el sujeto tiene de construir mecanismos mediante los cuales organiza y estudia los datos que aprehende del mundo exterior a él y la representación de ese orden con la que comunica sus conclusiones. Ningún tipo de saber, científico o no, escapa a la intervención de la subjetividad vista en este sentido: la ciencia que más se precie de explicar con exactitud los fenómenos del mundo no escapa al acto de la representación porque el hecho de explicar se da mediante representaciones, y no se negará que por ello pueda dar buena cuenta del mundo.
El problema con la Historiografía radica en que no ha logrado establecerse cabalmente como una ciencia en la medida en que las afirmaciones que hace sobre el pasado no son únicas ni de carácter nomotético; luego, el problema de aceptar la innegable participación de la subjetividad en cualquier parte del proceso de la elaboración de una investigación histórica genera incertidumbre y angustia en quienes se esfuerzan por demostrar lo contrario para que la historiografía sea considerada una ciencia.
Pero hay que recordar, como segundo acierto, que la teoría de White parte de la distinción de la naturaleza bidimensional de la labor historiográfica: la investigación y la escritura; White no niega la historia como devenir efectivo ni tampoco niega la posibilidad de aprehensión de ese devenir, sino que atiende simplemente a las formas de representación del conocimiento adquirido mediante la investigación. La distinción que se propone entre lo que el historiador hace para aprehender su objeto de estudio y la prefiguración y representación del mismo objeto es una distinción metodológicamente necesaria para tener una noción más ajustada del trabajo del historiador. El vicio aquí consiste en pensar que la historia (como actividad de conocimiento) es unidimensional; que lo que se afirma para la investigación vale para la representación y viceversa. Si se reconoce, en cambio, dicha distinción, se obtendrá una excelente vía para abordar el problema de porqué en ciertas condiciones la historia puede dar cuenta de la realidad y en otras da cuenta de una realidad matizada.
También acertados resultan los mecanismos de explicación por la trama, por argumentación formal y por implicación ideológica, pues describen la manera en cómo la subjetividad se manifiesta en la elaboración del texto historiográfico. Posiblemente antes de White se tenía idea de la carga subjetiva que la elaboración de todo texto implicaba, pero con él se logra una verdadera descripción de los elementos integrantes del texto que dependen de la acción subjetiva. El vicio a sortear en este punto reside en tomar estos mecanismos de explicación como mecanismos generadores de una estética determinada pues, en realidad, no generan por si solos estilos determinados sino pre concepciones del mundo, o de una parte del mundo, susceptible de explicarse por tales dispositivos.
Pero así como existen estos aciertos también se presentan ciertas incertidumbres en la propuesta metahistórica, siendo la más notable la del emplazamiento pre conceptual de las estrategias tropológicas, pues en ese punto White no es lo suficientemente claro.
En principio, White señala que los estilos historiográficos -compuestos por una forma específica de trama, una de argumentación y una asunción ideológica- derivan del establecimiento de estrategias generadas en una fase pre conceptual -en la que se conforma un campo con figuras discernibles como objeto de estudio-, pero no establece un mayor vínculo entre la aparición de cada una de esas estrategias (equiparables a los tropos ya vistos) con el desarrollo de los tres tipos explicatorios, sino sólo una similitud superficial entre los tropos y los tipos de argumentación formal.
Si las estrategias (caracterizables trópicamente) han de entenderse como parte de un proceso pre conceptualizador en el que se estructuran tanto el objeto de estudio como las formas de explicación por trama, por argumentación formal y por implicación ideológica ¿De qué manera influyen esas estrategias en el establecimiento de las formas explicativas, de manera que se genere una combinación determinada de ellas, es decir, de manera que se genere un estilo historiográfico? White no lo explica suficientemente.
Si bien White señala que no existen razones epistemológicas para que un historiador elija una determinada forma de explicación -por trama, por argumentación formal o por implicación ideológica- y que no resulta pertinente buscar tales razones mediante una exploración psicológica de cada autor (White, 1992: 409), la clarificación de la manera en como las estrategias tropológicas derivan en la generación de cada tipo explicativo y su combinación se quedan en un nivel de subjetividad no explicada, y esto es importante señalarlo porque uno de los mayores logros de la teoría metahistórica reside en explicar la subjetividad inmanente en la elaboración de un texto; mientras este objetivo se logra al abordar los tipos explicativos, se pierde un poco al abordar las estrategias tropológicas.
Finalmente, la teoría de White abre la puerta a un problema importante: si en la elaboración de un texto historiográfico es determinante la participación de la subjetividad, manifiesta en tipos explicativos y estrategias tropológicas, ¿en qué punto de la labor del historiador queda determinado el grado de veracidad respecto a las afirmaciones que hace sobre el pasado? Si se responde que radica en la labor investigativa propia de la dimensión de pesquisa ¿se pierde entonces cuando se pasa al momento de la representación, propia de la dimensión de la escritura? De ser así, al historiador no le quedaría otra que hacer lo que prescribían los integrantes de la escuela metódica como Ranke: enunciar los hechos sostenidos por la evidencia documental y evitar a toda costa la interpretación de los mismos. La forma de pensar la historia propuesta por la escuela de Annales quedaría en entredicho y con ello toda pretensión de científicidad. Quedarían también en entredicho la postura positivista y la propia filosofía de la historia (si se la ve como interpretación histórica), pues la postura rankeana incluye el aserto de que, a través de la investigación documental, el historiador descubre la historia ya estructurada y sólo la escribe como es encontrada; la búsqueda positivista de las leyes del devenir histórico, así como el reconocimiento de un programa trascendental de dicho devenir, no caben dentro de esta posición descriptiva desarrollada por los integrantes de la escuela historiográfica metódica (Langlois, Seignobos, Ranke).
Tampoco puede decirse que el grado de veracidad en la Historiografía radica exclusivamente en el nivel de la representación pues, como ya se ha visto, en él la intervención de los elementos subjetivos se vuelven inmanentemente característicos. Pero aun así no puede afirmarse que el relato histórico pueda ser cualquier cosa posible; si bien White no es concluyente respecto a las razones epistemológicas que llevan a un autor a adoptar una cierta estrategia explicativa, tampoco señala la existencia de elementos que pueden limitar una determinada percepción historiográfica, dentro de las cuales se podrían señalar cuatro grandes grupos:
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La determinación de la evidencia factual: el historiador se encuentra limitado por la propia evidencia que ha reunido en la fase investigativa, aun cuando dicha evidencia haya pasado por un proceso subjetivo de selección. No se puede afirmar, por ejemplo, que la cultura olmeca haya existido en los Andes sin un hallazgo mínimo que lo pruebe.
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La determinación de la lógica argumental: se puede contar con un conjunto de evidencias cuya interpretación sea débilmente construida y no resista una lectura crítica, a veces ni siquiera tan profunda (por ejemplo, la bien conocida afirmación de Carlos de Sigüenza y Góngora –posteriormente sostenida por otros personajes como fray Servando Teresa de Mier- de que Quetzalcóatl era en realidad el apóstol Tomás).
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La determinación del contexto presente: en la que se encuentran afirmaciones que a la luz del contexto socio-histórico en el que se encuentra inmerso el historiador resultan convenientemente adecuadas, por ejemplo, la necesidad de fundar los estudios históricos de género como forma de cubrir un espacio del conocimiento derivado de posturas y puntos de vista contemporáneos a quien escribe, o bien, la inconveniencia de abordar temas estigmatizados desde perspectivas contrarias a la razón del estigma (¿Alguien se atreve a proponer el Holocausto como símbolo del progreso?).
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La determinación institucional: derivado de la sanción de los cuerpos e instituciones académicas, interesados en sostener un determinado corpus epistemológico, y que deciden qué tipo de obras habrán de
Estos conjuntos hacen que no cualquier cosa que se escriba pueda entenderse como una afirmación historiográfica. Entonces, frente al problema de las razones que llevan a un historiador a elegir una estrategia explicativa determinada, no solamente se puede dirigir la mirada hacia el aspecto psicológico del autor (análisis sugerido por White como una mala posibilidad, aunque posibilidad al cabo) sino a la dimensión de pesquisa de la propia labor historiográfica, y al universo de las prácticas discursivas, al estilo foucaultiano.
VI. A MANERA DE CONCLUSIÓN: LA METÁFORA DEL DISCO
Frente a lo dicho anteriormente, no queda más que admitir que el problema de la verdad en la historia no recae exclusivamente en alguna de las dos dimensiones del trabajo historiográfico, sino en ambas, siempre y cuando se reconozca entre ellas una relación dialéctica, mediante la cual los problemas que no pueden ser resueltos en uno de los campos encuentren respuesta o caminos de respuesta en su contraparte. Mas aún habría que determinar si se trata de una relación dialéctica pura en el sentido de que se origine un enfrentamiento de opuestos que generan una síntesis, o si habría que pensar mejor en una relación en la que los opuestos se complementan más que enfrentarse, como en la metáfora del disco, que para ser tal necesita de dos caras opuestas.
Sin embargo, esta metáfora exige precisar de mejor manera la relación de antagonismo/complementación de ambas caras: no basta con decir que están oponiéndose mutuamente sino clarificar porqué esa ambivalencia es constitutiva y no fragmentadora. La precisión derivaría de la operación que transforma una entidad, alguna vez existente en el mundo real, en un posible objeto de un tipo específico de conocimiento. Esta actividad, según White, es una cuestión tanto de imaginación como de conocimiento. De ahí entonces que la poética también podría definirse como «un cierto modo constante de uso de lenguaje por el cual transformar un objeto de estudio en el tema de un discurso» (White, 2003:52).
De ahí deriva la distinción entre acontecimientos y hechos. Los primeros son vistos como un acontecer que sucede en un espacio y en un tiempo, mientras que los segundos son enunciados acerca de los acontecimientos en forma de una predicación. «Los acontecimientos ocurren y son atestiguados más o menos adecuadamente por los registros documentales y los rastros monumentales; los hechos son construidos conceptualmente en el pensamiento y/o figurativamente en la imaginación y tienen una existencia sólo en el pensamiento, el lenguaje o el discurso» (White, 2003: 53).
Así, mientras en un lado del disco (siguiendo con la metáfora) se encuentra el mundo de los acontecimientos y en el otro lado el mundo de los hechos, es la operación historiográfica (consistente en la aprehensión de los acontecimientos para saber qué sucedió y la construcción de hechos para darle un sentido a lo que sucedió) la que genera el nexo constitutivo de ambas facciones.
Visto esto, la historiografía no es explicable plenamente si se aborda únicamente desde una de estas dimensiones, tiene que ser contemplada desde ambas, pues sólo así es posible entender la contradicción inherente al estudio del pasado como una contradicción constitutiva. Es difícil hablar de historiografía sin tomar en cuenta esta características que se antoja más ontológica que epistemológica. No obstante, este es un camino que excede las intenciones del presente artículo y que podría desarrollarse en alguna otra ocasión.
- Esta afirmación no deriva exclusivamente de la lectura de White que hace el autor de artículo, sino que es una percepción soportada por otros autores como Keith Jenkins, quien afirma: «Hasta donde sé (y a pesar de las acusaciones en contra) White nunca ha sostenido que los acontecimientos, personas, instituciones, procesos sociales, etc., del pasado no existieron, no ocurrieron, o no ocurrieron exactamente tal como fueron. En realidad él insiste en este punto. Tampoco ha sostenido nunca que todo es lenguaje o discurso, o que no podemos hacer referencia a un mundo fuera de él [...] Tampoco White ha negado nunca que exista una distinción –en el nivel del referente- entre lo totalmente imaginativo y lo “real”/efectivo [...]. Más bien –y en contra de todo esto- lo que ha ocupado a White en gran parte de su obra “teórica” es tan solo esto: que es contraintuitivo sostener que los historiadores no puedan construir a partir de las mismas huellas históricas, del mismo asunto/material y de los mismos fenómenos bien documentados que ocurrieron en el pasado [...] toda una gama de narraciones diferentes (no historias sino narraciones)» (Jenkins, 2006: 194-195). De hecho, White hace una distinción entre acontecimiento (un acontecer que sucede en un espacio y en un tiempo materiales) y hecho (un enunciado acerca de un acontecimiento en la forma de una predicación), y así dice «Esto es lo que traté de sugerir al elegir el enunciado de Barthes acerca de “un hecho que sólo tiene una existencia lingüística” como el epígrafe de Tropics of Discourse. No traté de decir que los “acontecimientos” tienen sólo una existencia lingüística» (White, 2003: 53). (p.4) ↩
Conflict of Interest
The authors declare no conflict of interest.
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Not applicable
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