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Abstract
The mere act of attempting to say something about the social sciences—their origin, history, development, and destiny—is, in itself, an ambitious and excessive endeavor. Who could even produce a state of the art of any of the disciplines or subdisciplines that today fall under that broad label? To say something meaningful in this regard, we would have to rely on the enormous collective efforts that some groups of scholars and certain institutions have undertaken in recent years (Wallerstein, I., 2006; Heilbron, J.; L. Magnusson & B. Wittrock, 1998; Porter, T. and D. Ross, 2003; UNESCO, 2010; UNESCO, 2013).
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I. PUNTO DE PARTIDA
El sólo hecho de pretender decir algo acerca de las ciencias sociales, de su origen, su historia, su desarrollo y su destino comporta, en sí misma una pretensión ambiciosa y desmedida, ¿quién podría elaborar siquiera un estado del arte de alguna de las disciplinas o subdisciplinas que pueden agruparse bajo ese gran rótulo hoy? Para decir algo con sentido al respecto, tendríamos que recurrir a los enormes esfuerzos colectivos que algunos grupos de estudiosos y algunas instituciones han llevado a cabo en los últimos años (Wallerstein, I., 2006; Heilbron, J.; L. Magnusson & B. Wittrock, 1998; Porter, T. and D. Ross, 2003; UNESCO, 2010; UNESCO, 2013).
¿Qué es lo que nos sugieren esas síntesis en términos generales? Primero, que no existen buenas razones para continuar con las separaciones que con tanto esmero procuraron establecer las ciencias sociales en los procesos por institucionalizarse, en el transcurso de los siglos XIX y XX. Segundo, que la infraestructura y la capacidad para realizar investigación de calidad en este ámbito del conocimiento está desigualmente distribuida entre regiones y países. Y, en tercer lugar, que la naturaleza de los desafíos y problemas de la sociedad actual demandan, cada vez más, enfoques inter, multi y transdisciplinarios.
Más allá de los múltiples y diversos espacios institucionales en donde se desarrollan las ciencias sociales se presenta, hoy en día, un punto de inflexión de gran relevancia. Esto, tiene que ver con la capacidad cada vez mayor de procesar información, así como con la contundente irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluido el quehacer científico. El Bigdata y la IA, en tanto desarrollos tecnológicos de vanguardia, están incidiendo de forma acelerada no sólo en aquello que nos pasa como sociedad, sino también en la manera en que procuramos comprenderla.
Para las ciencias sociales, estos desarrollos están teniendo profundas connotaciones en su razón de ser: ontológicas (en términos de cuál es su foco de estudio); epistemológicas (en cuanto a los fundamentos de cómo nos aproximamos al conocimiento de los fenómenos sociales); metodológicas (en la medida en que surgen nuevas estrategias a través de las cuales recabamos la información que conforma y valida nuestros estudios), y, por cierto, éticas (en términos de qué se puede o no hacer con la información que capturamos, y el conocimiento que construimos y utilizamos a partir de ello).
En el intento de hacer frente a esos desafíos surgen algunas interrogantes: ¿constituye la situación descrita algo plenamente novedoso?, ¿estamos, para utilizar la expresión de Foucault, en presencia del surgimiento de una nueva "episteme"? y si esto es así, ¿cuáles son sus características y cómo incide esto en el destino de las ciencias sociales y sus eventuales aportes a los problemas que la sociedad actual le demanda?
La reflexión que proponemos en este escrito no tiene que ver con dibujar escenarios futuros y anticipar lo que podría ocurrir. Tomaremos un camino diferente: nuestra invitación es retornar al origen, esto es, al surgimiento de las primeras nociones de ciencias sociales, sus sentidos y sus énfasis. Quizás, a partir de este ejercicio podamos sacar aprendizajes interesantes para ampliar nuestra mirada y comprender, en parte, el tránsito en el que hoy nos encontramos.
El objetivo de este trabajo es esbozar y discutir una genealogía de las primeras nociones acerca de las ciencias sociales, a partir de lo que estudiosos y especialistas nos han sugerido al respecto. Nuestra hipótesis es que, en ese tránsito, en el que las ciencias sociales pasan de ser un grupo indiferenciado de discursos y prácticas con intenciones transformadoras, a un conjunto de disciplinas que comienzan a diferenciarse e individualizarse, se presenta un cambio sustantivo, un quiebre. ¿Qué podemos aprender de ese proceso para ilustrar los retos que hoy enfrentan las ciencias sociales considerando los desarrollos tecnológicos presentes y potenciales? Esta inquietud tiene, como todo ejercicio intelectual, un sentido de actualidad. En efecto, surge a partir de un desasosiego. Un descontento con la concepción y práctica de unas ciencias sociales imbuidas de cientificismo, de la hegemonía de un empirismo ingenuo, que, en muchos casos, renuncia a la necesaria reflexión pausada y sustantiva que requieren los procesos de transformación social e institucional que vivenciamos de forma tan acelerada.
En la medida en que las corrientes principales del hacer ciencia se sustentan únicamente en lo que realizan las denominadas ciencias duras y/o ciencias exactas, las ciencias sociales sufren un retroceso en su dimensión reflexiva, así como en el sentido y orientación que se auto atribuye.
Cuando Gadamer (1977) nos invitó a ampliar los horizontes de las "ciencias del espíritu" –concepto que, por lo demás, él mismo atribuye a una inadecuada traducción al alemán de las "social sciences" de Mill-, no lo hace con un afán meramente retórico, sino a partir de un genuino interés por encontrar un marco más pertinente para su auto comprensión y, de allí, otorgarle sentido a su quehacer. Resulta interesante que hoy, más de 60 años después de la publicación de su gran obra, Verdad y Método, esa invitación resulte todavía más necesaria. Trazar las huellas de la vinculación de las "ciencias del espíritu" con la tradición del humanismo no fue para Gadamer sólo un trabajo de erudición y revisión histórica, sino un urgente llamado a pensar acerca de lo que realmente son y lo que hacen.
Este documento se estructura en función de los siguientes acápites. Se parte por recuperar los sentidos e intenciones originarias de las ciencias sociales, a la luz de nueva evidencia disponible. Luego se releva la connotación práctica aplicada y específica que adquiere la idea de ciencias sociales hacia fines del siglo XVIII. En tercer lugar, destacamos los trazos generales del paso que va desde las ciencias sociales en un sentido general, a la propuesta de una ciencia de la sociedad, así como a un conjunto de otras disciplinas independientes. Finalizamos el escrito con una reflexión sobre la necesidad de pensar el derrotero de las ciencias sociales, a la luz de lo expuesto.
II. EL ORIGEN DE LA NOCIÓN DE CIENCIAS SOCIALES Y SUS DIVERSOS SENTIDOS
Históricamente, la noción de ciencias sociales es anterior a la idea de sociedad –entendida como objeto de estudio-. Al mismo tiempo, la noción de ciencias sociales es anterior a la idea de una ciencia de la sociedad –en tanto una disciplina específica y diferenciada-. Investigaciones recientes sugieren un interesante campo para indagar acerca de los sentidos y usos originales de la noción de ciencias sociales y sus énfasis (Lalevée, 2023).
Para avanzar en una caracterización sistemática de las connotaciones que tuvo la noción de ciencias sociales en sus inicios hay que acudir tanto a filósofos como historiadores. Desde el punto de vista filosófico, lo primero que se nos advierte es el potente nexo entre filosofía moral y ciencias sociales. Gordon (1991) destaca la centralidad de este vínculo, sobre todo en el siglo XVIII, en donde todavía las distintas ciencias sociales estaban lejos de adquirir una fisonomía e identidad propias. Bryson (1932), por su parte, nos advierte acerca de las relaciones que, de alguna forma, toda ciencia social guarda con la filosofía moral, en términos de las perspectivas que va considerando o no en el proceso de convertirse en una ciencia independiente. Esto va desde la forma lógica y abstracta de proceder; el modo en que cada disciplina se funda siempre sobre supuestos, más o menos explícitos, relativos a la naturaleza humana; hasta el afán por enfrascarse de forma directa en aplicaciones que apuntan a la mejora de la sociedad. "Todo esto era parte integrante de la filosofía moral en la que tuvieron sus inicios y que los historiadores de las ciencias sociales han tenido muy poco en cuenta" (Bryson, 1932: 323). Mientras más indiferenciadas están las ciencias sociales, menos pueden desvincularse de los fundamentos, de todo orden, que una aproximación más integral a lo social humano demanda.
Historiadores de las ideas, así como estudiosos de las ciencias sociales, han sostenido que la noción de ciencias sociales habría sido acuñada y utilizada por primera vez en el contexto de la revolución francesa. McDonald (1993) atribuye su invención a Condorcet (McDonald, 1993: 171). Sucesivas investigaciones llegaron al consenso de que habría sido el abate Sieyès quien, en 1789, en su texto "Qué es el tercer estado" habría utilizado esta expresión por primera vez (Baker, 1975: 391 y siguientes; Head, 1982: 123-124; Wittrock, Heilbron & Magnusson, 1998; Wokler, 1998: 42). En ese contexto, refiriéndose a la relación entre la aristocracia y el tercer estado, señala Sieyès que, "[s]i deseamos considerar el tema, con independencia de todo interés particular y atendiendo a los iluminadores principios que provee la ciencia social, veremos que la cuestión adopta un aspecto enteramente nuevo. En efecto, se entiende que no se pueden asumir ni las peticiones del tercer estado, ni la defensa de los privilegiados, sin remover las convicciones más asentadas" (Sieyès, 2019: 34).
No obstante, el reciente descubrimiento de Lalevée (2023) indica que ya en 1767, en el contexto de la publicación seriada "Éphémérides du citoyen ou Bibliotheque Raisonneé des Sciences morales et politiques", Victor Riquetti, marqués de Mirabeau, un fisiócrata declarado, seguidor y colaborador de Quesnay, se habría referido a la idea de ciencias sociales por primera vez. Si se revisa la evidencia que presenta Lalevée , en el Tomo IX de la publicación indicada, del año 1767, no aparece la expresión "la science sociale", sino la expresión "la science économique" (Mirabeu, 1767, Tomo IX: 68). En el Tomo X, del mismo año, aparece la expresión "la science sociale", y lo hace en el contexto de una cronología que este autor está exponiendo respecto al devenir de las naciones europeas:
"Esta digresión os ofrece más o menos la historia fiscal de todas las naciones pasadas y presentes, es decir, la de su constitución política y fiscal; porque una vez más, este es el punto fundamental. Tomo como ejemplo el de toda Europa, que, digamos, es la más avanzada en ciencias sociales y en todos los conocimientos que de ellas se derivan: no tiene sentido volver a visitar cosas del pasado, si no sacamos conclusiones de ella para el futuro (Mirabeu, 1767, Tomo X: 63).
La intención de Lalevée es comparar las nociones que Mirabeu, Sieyès y Condorcet tuvieron acerca de la idea de ciencias sociales. "Estos pensadores desarrollaron diferentes respuestas a esta pregunta, y lo hicieron a través de diferentes maneras de pensar sobre el significado y el propósito de una ciencia de la sociedad, o ciencias sociales" (Lalevée, 2023: 1024, cursivas nuestras). La tesis de este autor resulta provocativa pues, a diferencia de interpretaciones que visualizan una evolución lineal del pensamiento ilustrado francés respecto al desarrollo de las ciencias sociales, plantea una posición diferente: "la historia de las primeras ciencias sociales francesas se entiende mejor no como un proceso de avance gradual, sino más bien como uno de reinvención en serie" (Lalevée, 2023: 1025).
El punto es que Lalevée no diferencia rigurosamente entre la idea de ciencias sociales y la de una ciencia de la sociedad. Quizás esta distinción no tenga tanto sentido o resulte demasiado exigente y no posea una utilidad analítica inmediata, en el periodo que va desde 1760 hasta fines del siglo XVIII, dado que no existía todavía claridad respecto a un objeto de estudio específico, ni se tenía claro un conjunto de criterios compartidos por una comunidad de pensadores que pudiera fundamentar unos límites disciplinarios con precisión. Sin embargo, la distinción entre ciencias sociales y una ciencia de la sociedad tendrá una connotación de suma relevancia, en función de las perspectivas que van a proponer Saint Simon y, sobre todo, Comte, a partir de la década de 1820. A nuestro juicio, la idea de una ciencia de la sociedad, en el sentido de estos autores, constituye un punto de ruptura con la noción de ciencias sociales a la que se refirieron los ilustrados franceses, al menos, hasta Condorcet y los llamados "ideólogos" (grupo representado por aquellos pensadores que buscan fundamentar una ciencia de las ideas entre cuyos representantes el más destacado fue Destutt de Tracy).
Lalevée destaca que la primera connotación vinculada a la idea de ciencias sociales, en los términos en que Mirabeu la concibe, fue más bien negativa. "En su explicación, esta ciencia estaba asociada con las políticas de expansión imperial y comercial que los estados europeos habían seguido desde principios de la era moderna, y esas políticas habían colocado a estos estados al borde del colapso. La ciencia social, desde esta perspectiva, era la ciencia de los experimentos fallidos" (Lalevée, 2023: 1024). Así, en la lectura de este autor, mientras que para Sieyès el foco desde el cual se les observa tiene que ver con el problema de la representación política y los conflictos entre la aristocracia y el tercer estado, para Mirabeau, las ciencias sociales se asociaban a la expansión imperialista de los estados europeos y su consiguiente fracaso.
A pesar de que estas dos primeras nociones de ciencias sociales distinguidas por Lalevée no parecen haber gozado de una consideración pública significativa, algunos autores han señalado una estrecha relación entre los tempranos planteamientos de los fisiócratas, partidarios de lo que llamaron "l' art social" (el arte social, que identificaron con las "ciencias del orden social" y con las "ciencias de la vida humana"), y el uso que culminaron haciendo de la idea de ciencias sociales los "ideólogos", luego de 1795, en Francia (Baker, 1975; Head, 1982). En esta línea, Head (1982) postula que la idea de ciencia social de los "ideólogos" está prefigurada ya en los escritos de los economistas fisiócratas, quienes, concibiéndola bajo el rótulo de "l' art social", la entendieron como una "ciencia unificada de política pública" (117, cursivas nuestras). Resulta interesante que Head vincule, a diferencia de Lalevée, esta perspectiva aplicada de la ciencia social, desde sus inicios, otorgándole así un antecedente de continuidad a la idea.
A juicio de Lalevée, para Condorcet, la tarea de las ciencias sociales habría sido contribuir a la racionalidad de los actores para fortalecer y validar sus decisiones, en aras del bienestar de la humanidad en su conjunto. Como veremos con mayor detenimiento, esta connotación resultará crucial para la auto comprensión de las ciencias sociales en términos de su misión, su orientación general, y sus eventuales aportes. Para profundizar en esta impronta reformista, se deben discutir las connotaciones que sobre las ciencias sociales se tuvieron en el periodo de la revolución francesa.
III. LA CONNOTACIÓN DE CIENCIAS SOCIALES EN EL CURSO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA
La noción de ciencias sociales si bien habría quedado establecida en los años previos a la revolución francesa, su validación, se habría dado en el curso de ésta. En ese contexto, el uso del término evidencia una clara impronta práctica aplicada (Baker, 1964; Baker 1975; Head, 1982; Crépel & Rieucau, 2005; Lalevée, 2023).
Para una comprensión más cabal del cambio conceptual y los énfasis que adquiere la noción de ciencias sociales en ese marco, es preciso hacer referencia a un conjunto de hitos históricos del periodo. Nos interesan aquellos sistematizados por Brian (1998). Primero, a partir de 1772 comienzan a realizarse los primeros survey de forma sistemática por parte de la administración del Estado en Francia. Luego, a partir de la década de 1770, el avance en el campo de la teoría de las probabilidades en matemáticas fue notable en términos teóricos, pero también en cuanto a su aplicación a los ámbitos sociales y naturales. En tercer lugar, en las décadas de 1780 y 1790 el cálculo integral y diferencial fue innovado a partir de los aportes de los matemáticos que formaban parte de la Academia de París. Finalmente, en ese tiempo, en Francia, se incrementa la publicación de trabajos en materias relativas a política económica y a población (Brian, 1998: 207 y siguientes). Habría que agregar aquí el desarrollo de las estadísticas aplicadas a la población hacia fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, como nos lo sugieren los estudios de Donnelly (1998). Así, los desarrollos de vanguardia de las matemáticas, en especial la teoría de las probabilidades, fue puesta en relación directa con los problemas sociales de la época, ya desde la década de 1770.
¿Qué connotaciones arrastra consigo la noción de ciencias sociales en el específico y convulsionado periodo en que se enmarca la revolución francesa? la figura clave aquí es Condorcet. A partir de su nombramiento como secretario permanente de la Academia de Ciencias de París, en 1776, Condorcet abrazó la causa de promover el avance científico en todos los ámbitos. Lo esencial de ese impulso fue el vínculo que realiza entre ciencia y reforma social. En su temprana concepción de las ciencias sociales, Condorcet procura vincular directamente el conocimiento matemático, principalmente aquel referido a la teoría de las probabilidades, al avance de lo social. La ciencia social, en ese período es "matemática social". Adicionalmente, los términos "sciences morales, sciences politiques y sciences morales et politiques, aparecen frecuente e indistintamente en la obra de Condorcet en las décadas de 1770 y 1780, para ser reemplazados gradualmente en sus escritos posteriores por los más modernos de "ciencias sociales" e, incluso, "ciencias metafísicas y sociales"" (Baker, 1975: 197; Crépel & Rieucau, 2005).
El clamor inmediato surgido luego de la toma de La Bastilla, generó la rápida organización de varios grupos de pensadores e intelectuales. Uno de esos grupos fue la llamada "Sociedad de 1789". Condorcet fue uno de sus miembros fundadores. Uno de los objetivos de este grupo fue aportar al proceso con una propuesta de rearticulación del orden social. Allí, las ciencias sociales debían cumplir un rol de racionalizadores de las decisiones: la ciencia social es "l'art social" (el arte social). "Considerábamos el arte social como una verdadera ciencia, basada como todas las demás en hechos, experimentos, razonamientos y cálculos; susceptible, como todas las demás, de progreso y desarrollo indefinidos, y volviéndose progresivamente más útil a medida que se difunden sus verdaderos principios" (Condorcet, citado en Baker 1975: 274). Vinculado al concepto de ciencia social adoptado por la "Sociedad de 1789" estaba el objetivo de desarrollar y explotar al máximo los recursos económicos de la nación.
La forma en que Condorcet y otros miembros del grupo reaccionan frente al proceso, fortalece los planteamientos y esperanzas de reorganización social sobre una base racional. Esa es la razón por la que este autor, en parte de sus escritos, trajera a colación a Francis Bacon, pero no al Bacon del Novum Organum, sino al de La Nueva Atlántida, novela utópica publicada en 1626. Allí, el rol del conocimiento es central para la organización social, y el rol de la ciencia y la técnica son fundamentales para un modo de vida armónico, base para el bienestar general de la población.
El modo más relevante en que trataron de ser integradas y proyectadas las ciencias sociales, fue a través de las propuestas de reforma del sistema educativo, en plena revolución. "Fue Talleyrand quien en primer término presentó un plan para la educación pública a la Asamblea Legislativa, en septiembre de 1791, en donde se destaca la importancia de enseñar los principios del "arte social". Sin embargo, será Condorcet quien desarrolle una propuesta en el contexto de una serie de artículos acerca de educación pública, publicados durante 1791 en la Bibliothéque de l'homme public -una revista que ofrece un compendio de escritos sobre ciencias morales y políticas- fundada por él mismo en su continuo intento por guiar la opinión pública según principios racionales" (Baker, 1975: 285).
Cuando Condorcet presenta su plan de formación a la Asamblea Nacional, en 1792, la ciencia social ha adquirido una connotación más precisa y claramente aplicada (Wokler, 1998: 42 y siguientes). En ese contexto, la ciencia social, estrictamente definida, no se ocupa tanto del análisis empírico de los fenómenos sociales, como de una teoría de la organización social que debe ser racionalmente desarrollada a partir de esos primeros principios" (Baker, 1975: 201, cursivas nuestras). Por esa razón es que las ciencias sociales son integradas en el curriculum como materias a ser enseñadas en los Liceos para la formación de todo ciudadano. Los contenidos de esas materias agrupadas en las ciencias sociales tuvieron que ver con un "intento de conformar una introducción a la "ideología": comenzando con el análisis de las sensaciones, desarrollando los principios del lenguaje y la lógica de las ciencias y, finalmente, demostrando la aplicación de estos principios a la moral y las ciencias políticas.
En orden a apoyar este desarrollo curricular, se encargó a Destutt de Tracy -quien también fuera miembro de la "Sociedad de 1789"-la elaboración de los textos" (Baker, 1975: 392). Hasta 1805, este autor habría culminado de escribir tres tomos. En 1806 y 1807, sigue trabajando en el material que nutriría el curriculum de las ciencias sociales. El trabajo que desarrolla en ese periodo es un análisis de El espíritu de las Leyes, de Montesquieu, en donde señala haber encontrado los elementos fundantes de un sistema de ciencia social completo (Baker, 1975: 393).
No obstante, la hostilidad de Napoléon hacia las reformas en el sistema educativo en la línea de las ciencias políticas y morales, habrían desalentado la publicación de estos estudios por parte de Destutt de Tracy en Francia. A partir de este hecho, surge una de las líneas que lleva la noción de ciencias sociales desde el contexto francés, al inglés. En efecto, Destutt de Tracy prefiere enviar su trabajo a los Estados Unidos. Y habría sido nada menos que Thomas Jefferson, amigo de los "ideólogos", quien recibió el trabajo para su traducción y publicación y quien, de alguna forma, aceptó y validó el neologismo en inglés: social sciences.
Sin embargo, la llegada de la idea de ciencias sociales a Inglaterra no habría sido directamente por esta vía, sino por una curiosa transición que involucra a España. La recepción de las ideas de Bentham en España, estuvo estimulada por uno de sus discípulos, el suizo Dumont, quien estimuló las traducciones al español de los escritos de este autor. La primera de varias traducciones de este tipo que aparecieron durante la década de 1820 contenía una selección de las principales doctrinas de Bentham bajo el siguiente título: "Espíritu de Bentham: Sistema de la Ciencia Social". En una carta al editor de este trabajo, el español Toribio Nuñez (traductor y divulgador de las obras de Bentham), Bentham lo felicitó sobre la pertinencia del uso del término.
La idea de ciencias sociales no se afianzó en el ámbito de la intelectualidad inglesa, hasta después de la década de 1820. En efecto, la investigación de Senn (1958), llegó a la conclusión de que Mill habría utilizado la idea de ciencia social hacia 1836. Iggers (1959) señaló que luego de 1829, el término ciencia social se usó con frecuencia entre los escritores ingleses, y que el mismo Mill la habría utilizado incluso antes de esa fecha. Burns (1959) confirmó que el uso de la idea de ciencia social por parte de Mill puede datarse con claridad ya en 1829.
Sin embargo, ese uso está ya en la línea de la interpretación que Comte hace de las ciencias sociales en el viaje que lo llevará a concebir una ciencia de la sociedad. Ese uso puede rastrearse hasta su escrito de 1822, denominado Plan des Travaux Scientifiques Necessaires pour Reorganiser la Societe, y traducido más tarde como Systeme de Politique Positive. Ese uso supone ya el desarrollo de un ámbito de estudio en vías de diferenciación y especificación.
Antes de que ese proceso comience a consolidarse, esto es, antes de que las ciencias sociales comiencen a desaparecer como discurso indiferenciado, es necesario rescatar un hito crucial relativo al legado intelectual de Condorcet, luego de su muerte, en 1794. En el marco dramático que toma el curso de la revolución en ese periodo, Condorcet, alcanza a culminar su obra más conocida, el Esquisse d'un tableau historique des progres de l'esprit humain (Bosquejo de un cuadro histórico del progreso del espíritu humano). Este texto, un clásico del pensamiento moderno y uno de los más importantes que se ha escrito sobre la idea de progreso, habría sido completado en octubre de 1793. Si bien la idea de ciencias sociales no aparece con frecuencia en el texto, el planteamiento general del Bosquejo las considera de forma implícita.
La tesis de Baker respecto de este crucial escrito es que, "el propósito fundamental de Condorcet no fue presentar las leyes de una sociología histórica que amenazaría con absorber la acción, sino demostrar la libertad del hombre para promover el progreso humano mediante del arte social racional" (Baker, 1975: 343, cursivas nuestras). Nos interesa rescatar esta perspectiva, porque es precisamente la interpretación y apropiación que los teóricos de la ciencia de la sociedad hacen de ese trabajo a posteriori, lo que evidencia un tránsito histórico de relevancia: el comienzo de un proceso de diferenciación. En ese proceso, las nociones y sentidos originales vinculados a las ciencias sociales, culminan por diluirse.
IV. DE LAS CIENCIAS SOCIALES A LA CIENCIA DE LA SOCIEDAD
Lalevée (2023) llama la atención en términos de que hubo varias versiones de ciencia social antes de que la sociología surgiera como disciplina. Compatible con esa idea, a juicio de Baker (1975), la propuesta de ciencias sociales de Condorcet cabe comprenderla en una dirección diferente de lo que fue el surgimiento posterior de una sociología positiva, esto es, de una ciencia de la sociedad.
Baker (1964, 1975), sugiere en sus estudios que Condorcet habría sostenido tres ideas fundamentales sobre las ciencias sociales, que cabe considerar y destacar de forma separada. "La primera de ellas, para la cual conservó consistentemente el término ciencia social, constituía los principios racionales de organización social derivados de la naturaleza del hombre por el método del análisis de sensaciones e ideas. Esta fue la idea que se convirtió en la preocupación central de los "ideólogos", y que, pese a la caída en desgracia de Condorcet, dominaron el sistema educativo finalmente establecido por la Convención en 1795. Las ciencias sociales fueron consagradas como parte del curriculum, en términos de clases de "ciencias morales y políticas", en el Instituto de Francia, en la sección de esa clase dedicada a "ciencias sociales y legislación".
Una segunda idea de Condorcet sobre las ciencias sociales, tuvo que ver con la consideración de una ciencia estadística integral del hombre en sociedad, que sometería los hechos de la existencia humana a un análisis empírico mediante cálculos matemáticos. No fue hasta la década de 1830 que esta segunda concepción de las ciencias sociales de Condorcet alcanzó su pleno desarrollo, pero no en la línea que iban a emprender Saint Simon y Comte, sino en la de la "física social" del matemático belga Quetelet.
Una tercera dimensión de las ciencias sociales radicaría en que el "arte social" racional revolucionaría continuamente las condiciones de la existencia humana. Condorcet creía que un arte así, una vez convertido en científico mediante la matematización de la elección social, pasaría a ser el instrumento consciente del progreso humano. Sin embargo, en la filosofía de la restauración esta distinción se habría perdido...... la idea del arte social fue absorbida por la filosofía histórica que debía sostenerla" (Baker, 1975: 372 y siguientes).
Cuando Saint Simon aparece en escena, la idea de una disciplina acerca de lo social, estaba en el aire. Tal como destaca Iggers (1959), la idea de una ciencia de la sociedad fue considerablemente más antigua que el propio término. El mismo Saint Simon habría ensayado varios conceptos para referirse a ella: la "física de los cuerpos organizados" (en contra de los cuerpos brutos), "ciencias morales y políticas" y, particularmente, "fisiología social" y "ciencias del hombre" (433-434).
La sociología de Comte, así como las perspectivas conservadoras de Bonald y de Maistre, de las que tanto él como Saint Simon se nutrieron, compartió un diagnóstico claro acerca del problema suscitado por la revolución francesa: la destrucción de las instancias intermedias de la sociedad, la familia, las corporaciones y las asociaciones de toda índole, y la exacerbación del individuo y del Estado. Como nos recuerda Nisbet (1981): para Comte, el individualismo es la enfermedad del mundo occidental, y, por tal razón, su visión del problema básico de la Europa de entonces, no era político, sino espiritual.
Como destaca Hawthorne (2002), la salida fue entender a la sociedad europea no como mera aglomeración, sino desde el punto de vista de una "doctrina orgánica" (71). En tal sentido, no debe extrañarnos que la perspectiva de una ciencia de la sociedad se erigiera en términos de una mirada más bien estructuralista y anti voluntarista de la sociedad (Wittrock, Heilbron & Magnusson, 1998: 26). Precisamente, en una línea muy distinta a las nociones de ciencias sociales sostenidas en Francia, con anterioridad.
Saint Simon y Comte utilizaron a Condorcet en la línea de identificar una sucesión de etapas o estadios sociales. Así, el progreso quedaba comprendido en fases cada una de las cuáles expresaba sus propios problemas. En esa línea interpretativa, señala Baker (1975), la política queda supeditada a la historia. Ese es un planteamiento contrapuesto al de Condorcet, quien nunca desconoció la necesaria articulación de voluntades ilustradas para la toma de las mejores decisiones prácticas y racionales. Para ello el uso de las matemáticas y, en específico, de la teoría de las probabilidades, constituía una herramienta indispensable. "He allí la base de la tensión que en su pensamiento se erige entre "elitismo científico y el liberalismo democrático. Los intentos por resolver esta tensión, constituyen la aportación más característica de Condorcet al pensamiento político y social de la Ilustración" (Baker, 1973: 386). En cambio, para Comte, la aplicación de las matemáticas al estudio de la sociedad constituía, a la vez que un error, una impertinencia (Burns, 1959: 432; Baker, 1975; Porter, 2008: 35).
Cuando Comte re inventa el neologismo sociología, en la segunda mitad de la década de 1830, el panorama relativo a los eventuales aportes de las ciencias sociales se había ya desplazado. La ciencia de la sociedad se erige en una atenta mirada sobre los procesos sociales en curso y, aun en su progresismo, revisa con cautela -cuando no con horror- algunas de las consecuencias del proceso revolucionario. El intento de una ciencia social cuya misión y sentido era aportar a la toma de decisiones de forma racional, apoyada por los avances de las matemáticas de la época, es asociada con esas consecuencias no deseadas. Así, con esta dilución del sentido más bien práctico de las ciencias sociales, caen también los afanes reformistas que inspiraron esa reunión técnicamente fructífera entre teoría de las probabilidades y decisiones racionales, frente a problemas prácticos.
Para Comte el propósito de una ciencia de la sociedad será otro: "la revolución que caracteriza la virilidad de nuestra inteligencia consiste esencialmente en sustituir en todo, la inaccesible determinación de las causas propiamente dichas, por la simple averiguación de las leyes, o sea de las relaciones constantes que existen entre los fenómenos observados...... nosotros no podemos conocer verdaderamente que las diversas relaciones mutuas propias de su cumplimiento, sin penetrar nunca en el misterio de su producción" (Comte, 1984: 40)
Con este planteamiento, Comte se asegura de cerrar el paso a dos afanes claves asociados a las nociones de ciencias sociales de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX: por una parte, no es posible el conocimiento de las causas de los fenómenos, sino las relaciones que se dan entre éstos. Por otra, el uso del desarrollo de las matemáticas, para instruir la toma de decisiones racionales frente a problemas prácticos inmediatos de todo orden, carece de sentido. Para Comte, el progreso se logra, sí, pero con orden, y esa no es tarea de individuos utilizando su intelecto libre y racionalmente, sino del espíritu positivo. El supuesto teleológico del progreso en la perspectiva de Comte resulta, de este modo, evidente: la agencia humana, de carácter político, no tiene cabida frente al paulatino, pero inevitable advenimiento de la nueva era positivista.
V. REFLEXIONES FINALES
Las "ciencias humanas", argumenta Foucault (1968), no podían tener existencia antes del siglo XIX. En un afán provocador, el filósofo francés sugiere que no puede haber "ciencia humana" sin que exista, primero, el "hombre". Por ello, a su juicio, sólo pudieron aparecer "hasta que, bajo el efecto de algún racionalismo presionante, de algún problema científico no resuelto, de algún interés práctico, se decidió hacer pasar al hombre, al lado de los objetos científicos" (334 – 335). Por cierto, se trata de un asunto cuyos aspectos epistemológicos son innegables, pero que no son suficientes para explicar ese proceso. El mismo Foucault no puede dejar de reconocer las circunstancias histórico materiales en que surgen las "ciencias humanas", cuando destaca que "también fueron necesarias, sin duda, las amenazas que después de la revolución han pesado sobre los equilibrios sociales y sobre aquello mismo que había instaurado la burguesía, para que apareciera una reflexión de tipo sociológica" (334).
Por otra parte, destaca Foucault en su análisis que: "es el retiro de la mathesis y no el avance de las matemáticas lo que permitió al hombre constituirse como objeto del saber" (340) y, en tal sentido, destaca que las matemáticas dejaran de aportar al desarrollo de las "ciencias humanas". El problema es que Foucault integra en ese movimiento a Condorcet, y no realiza la necesaria distinción entre el planteamiento de este autor, en orden a concebir una ciencia social que iluminada por el avance de las matemáticas sirva a la toma de decisiones racionales para el beneficio de la humanidad, y las posiciones de Comte, cuya lectura de Condorcet -como hemos visto- está en la línea de establecer la aparición sucesiva de un conjunto de etapas históricas caracterizada, cada cual, por sus especificidades.
En rigor, y para nuestros efectos, Foucault se está refiriendo como "ciencias humanas", a aquel conjunto de disciplinas que comienzan ya a tomar un cariz específico e independiente. Aquel conjunto de discursos –como adecuadamente las califica- que se han desprendido ya de esa idea de las ciencias sociales previas, indiferenciada y cuya misión era servir de base a la reforma social, nutriendo la reflexión racional en el proceso de la toma de decisiones.
Foucault culmina por cerrar su estudio sobre el saber, con una sugerente profecía: "El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento. Y quizá también su próximo fin. Si esas disposiciones desaparecieran tal como aparecieron, si, por cualquier acontecimiento cuya posibilidad podemos cuando mucho presentir, pero cuya forma y promesa no conocemos por ahora, oscilaran, como lo hizo, a fines del siglo XVIII el suelo del pensamiento clásico, entonces podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena" (375).
¿No son acaso los temores acerca de ello lo que hoy inunda por doquier los debates acerca de los impactos de los avances tecnológicos de vanguardia? ¿no será que parte de esos desarrollos representan, precisamente, lo que evidencia un cambio radical de esas disposiciones a las que se refiere Foucault?
Resulta curioso que hoy, como en los inicios, el desarrollo tecnológico de vanguardia que está sustentando el desenvolvimiento de las ciencias sociales (y de prácticamente todo lo que nos rodea) esté relacionado con la idea de probabilidad: en eso no se diferencian el aporte de las teorías matemáticas de la probabilidad que desarrolló e intentó aplicar Condorcet (entre otros pensadores de su época) a la toma de decisiones, de la probabilidad a partir de la cual funcionan los algoritmos propios de la IA generativa.
No obstante, sí se presenta una diferencia crucial: mientras la primera perspectiva de unas ciencias sociales apoyadas por la teoría de las probabilidades para la toma de decisiones racionales, se sustentaba en un sentido profundamente humano, porque tenía a su base la certeza de un mejoramiento de la naturaleza humana en un progreso indefinido, hoy, ya no contamos con ese supuesto.
Nuevamente, las ciencias sociales requieren de un fundamento histórico para operar, para entenderse. Requieren de un esfuerzo de auto comprensión ilustrado por las humanidades, sin el cual el esfuerzo científico técnico es vano y vacío. Esta parece ser la única vía que otorga sentido y permite poner en contexto el uso de la tecnología a favor del progreso humano apoyado en la razón.
Pero esta intención debe trascender el momento propiamente técnico, pues allí, como nos lo enseñó ya hace muchos años Ortega y Gasset, no se encuentra el sentido más profundo de nuestro quehacer. Esa intención se parece más a lo que los griegos llamaron phronesis: esto es, a una sabia comprensión de la situación. Mientras sigamos equiparando sabiduría con conocimiento técnico (cuestión que los griegos se cuidaron mucho en diferenciar), no tendremos esperanza alguna de ilustrar y orientar nuestra acción ni como humanos, ni como científicos sociales.
El hombre, como posibilidad de agencia, está presente en el supuesto de las primeras ciencias sociales, previo a la aparición de la ciencia de la sociedad, y previo al proceso de diferenciación y especificación de cada una de las ciencias sociales, porque en ellas el foco está puesto en la transformación social racional. El apoyo del desarrollo de las matemáticas es allí, fundamental. En este punto, Foucault parece estar equivocado. Y lo hace porque el supuesto de un progreso sucesivo quedó claramente naturalizado y no requirió de mayor reflexión. Aquí la tesis de Baker es pertinente, pues de forma evidente los aportes de Comte y Saint Simon sitúan a la historia -entendida en términos evolutivos- por sobre la política: la posibilidad de la agencia no es lo central, pues sus consecuencias inesperadas pueden ser catastróficas, tal como lo evidenciaron para estos autores los días más aciagos de la revolución francesa.
Hoy el camino parece ser, en cierto sentido, el inverso, pues ya no tiene mucho sentido defender fronteras disciplinarias que se desdibujan día a día. Volvemos a una idea genérica de ciencias sociales. Su quehacer, apoyado por el desarrollo vertiginoso de las nuevas tecnologías, impulsa procesos que, en aras de una mayor eficiencia y productividad, pretenden llevar la transformación al límite de la racionalidad. Aquí, Foucault parece acertar. Y lo hace porque las huellas de lo humano, tal como lo hemos conocido, comienzan a desdibujarse. A diferencia del relativo optimismo decimonónico, no contamos hoy con el supuesto de un progreso continuo y persistente. Este debe ser siempre, ya lo sabemos, construido.
Repensar el rol de las ciencias sociales con ese horizonte en mente no es huir al refugio de un pasado en donde supuestamente todo fue mejor. Al contrario, es asumir un futuro que sea ilustrado por una tradición más amplia, enriquecida por las diferentes expresiones, universales y locales, de las ciencias y las humanidades. Quizás, allí podríamos encontrar el adecuado equilibrio entre historia y política conjurando así toda visión pesimista: única forma en que la profecía de Foucault sobre la desaparición del ser humano permanezca, para bien o para mal: incumplida.
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